Alcoholismo en las rocas





Sed.

Hay una sensación peligrosa que muy pocos conocen, esas cosquillas al fondo de la boca que solo puedes calmar tras un largo trago de licor, bien puedes hacerlo solo o con la compañía que mejor precises, todo depende de la aceptación que tengas para contigo.  Mi punto de partida es la soledad, sin ojos indiscretos que juzguen y repitan constantemente “no es muy temprano para estar tomando” como un maldito disco rayado. Lo que ellos no entienden es que no hay horario para ser un alcohólico. Así como tampoco hay horario para ser escritor, solo lo haces porque te nace y es una parte de ti que no puedes dejar.

Escribir borracho es una cosa que todos pueden hacer pero que pocos sabrían aprovechar para sacar unas líneas decentes y con un mensaje claro. Yo definitivamente no creo ser de esos, sin embargo, intentarlo ha valido cada intento con su respectivo fracaso incluido e impostergable.



  Beber bien es todo un arte que se desarrolla con los años, tolerancia, combinaciones de principio peligrosas, pero a futuro necesarias para alcanzar el nirvana etílico. Son el pan nuestro de cada trago. Entre alguna criatura divina que se empeña en sacarte del fango en que sabes no debes estar y esas otras contadas entidades; idénticas en gustos, culpas y quizá motivos. Que se limitan en detestarte por ser su viva imagen. Hipócritas a ustedes, salud.
 Entre los senos de unas copas generosas al tacto o las frías copas de vidrio provenientes de un profesional de la barra nos puedes encontrar, jurando dejar de hacer lo que amamos o solo disfrutando del momento más grande de nuestras vidas. 

 Caemos. 

Tener la “Sed” es el equivalente circense de caminar sobre la cuerda floja, sabes que puedes lograrlo, pero en algún momento todo va a fallar, la tensión de la cuerda, la red de seguridad, las buenas compañías que evitan que te mates bebiendo, etcétera. 
Felices malabares y nos vemos en el infierno. 








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