El Apando

 
  #Terror #Vida #Recuento 

  Era una faena cruzar aquel patio sorteando prostitutas, niños jugando, borrachos y las peleas que son el pan de nuestro de cada día, todo esto sumado a la peste de orines y vomito. Años después llegue a la conclusión de que la RAE debería mostrar una foto bajo la palabra podredumbre. Una vecindad de cuatro pisos renombrada por los vecinos como “El apando”. Hasta entonces ignorado por mí el termino proveniente de la novela homónima del señor Revueltas. Con los años vi la adaptación al cine, el retrato de Lecumberri, parecía un bello lugar en comparación con la vecindad enclavada en Neza.
 Una vez al pie de las escaleras solo faltaba subir tres pisos en medio de gritos y llantos. El ser humano se puede acostumbrar a tantas cosas, a la miseria, sobre todo.
 Mirando hacia atrás veo esos días borrosos y lejanos pero inolvidables. Adoraba los lunes en aquel lugar, la cruda reinaba y el silencio con ella, todos duermen, mientras yo salía a trabajar o iba a la escuela según el día. Los años pasaron volando y los chicos, intensificaron su campaña de reclutamiento a la pandilla local, ahora en guerra con los cholos de cuatro bloques a la derecha. Mantenerme al margen costaba un cigarrillo o el cambio que pudieran encontrarme en los bolsillos, que con suerte llegaban a ser dos o tres pesos a los que rara vez quise renunciar, podía ceder uno, pero no más, a menos claro, que una navaja apareciera centellante. Entonces ya no había nada que hacer. Vivía con el dinero metido en los calcetines.  Funcionaba.

  Una de esas contadas noches en que cortaban la luz de la vecindad y las fiestas se mudaban a otra parte, entonces mutaba en el lugar más lúgubre que se puedan imaginar, las sombras cobraban vida y a veces podías verlas volando sobre el patio, salir de la cisterna abierta de las que todos sacábamos agua y perderse en los tinacos llenos de basura y ratas. Enormes papalotes carentes de sonidos y viento que los moviera. Noches extrañas en las que nadie se aventuraba a salir, solo que fuera necesario. Las velas dentro de los cuartos no duraban mucho, eran pequeños lapsos de luz de los que se podían disponer, un viento soplaba y solía apagarlas. No era nada natural.

 Tendido en mi cama a una hora temprana miraba las sombras del techo y pensaba en cosas de adolescentes, seguramente en faldas, dinero o la falta de ambas. El mayor tiempo de mi vida desperdiciado, sin poder leer, sin poder salir, tan metido en la realidad que ni siquiera podría soñar. Desconozco como lograron mis padres o mis hermanas afrontarlo. No solemos hablar mucho del tema. Levantaba la pesada manta que utilizaba para cubrir la ventana y poder abrirla, que corriera un poco de aire. El sonido de un “choskt, choskt, choskt” repetido con velocidad me sacó del trance, “choskt, choskt, choskt, choskt…” sonando tan cerca como en mi cabeza. Recuerdo haber recordado el cascabel de la serpiente que recién había tenido en los pies al cruzar aquel paramo, el miedo subir hasta la cabeza para congelarme y sentir los músculos de todo mi cuerpo tensarse. Verla lanzarse sobre mi pantorrilla derecha y prensarse de la bota, salí de esa situación, recuerdo el miedo, pero no la solución. “choskt, choskt, choskt, choskt” repite el sonido y en mi miedo busca la serpiente aquella, suena por mi cabeza. No es posible, los páramos quedaron tan lejos de esta ciudad… “choskt, choskt, choskt” continua, salto con el miedo en las piernas y cruzo la habitación. El sonido sigue y el miedo con él. Es un animal, no hay viento que produzca semejante ruido. Esa noche dormí afuera.  

 Por la mañana tomé una decisión, mis clases iniciaban por la tarde, ni siquiera escuché al resto de mi familia irse. Quedé con un problema y sin solución. Me llevó cerca de dos horas tener valor para entrar a la habitación. Coger las botas era la primera parte del plan, examinarlas bien y ponérmelas, ya una vez me salvaron la vida, espero lo hagan de nuevo. Durante la noche examiné la posibilidad de haber traído conmigo un pasajero inesperado, no la encontré. Calzadas las botas lo siguiente era el machete que tenía junto a una vieja mochila que solía usar. Observando cada rincón y esperando que se lanzara desde su escondite moví despacio las cosas. Nada. Ningún sonido.
 Busque en cada rincón, saqué ropa, voltee la cama, saque las cosas, exageradamente bien revisadas, nada. Cambie las cosas de lugar, todo se movió. Nada. Solo quedaba la ventana abierta… Los siguientes días continuo mi paranoia. Revisando, limpiando, ordenando y estando al pendiente.

 La rutina regresó a mi vida, esquivar las pandillas, trabajar, ir a la escuela, detestar aquella vecindad… Vivir a oscuras, dejar de extrañar la electricidad y las comodidades. Cielos, que desastre fue.

 Mis incursiones continuaron, selva, alta montaña, ríos, paramos, algunos desiertos, seguí preguntando por la serpiente que produjera aquel ruido, incluso fui al zoológico, eran tiempos en los que obtener información se limitaba a las bibliotecas. Jamás encontré la respuesta.

El sonido regresó.

Era un punto a media pared que sonaba “choskt, choskt, choskt, chost” revisé aquel muro hasta el cansancio, sin grietas u hoyos que produjeran el sonido, por si las dudas compré yeso y resané. “choskt, choskt, choskt” eran noches enteras de escucharlo, noches en las que me acostumbre tanto que me extrañaba tanto cuando no sonaba, hubo otras en las que eran dudas y miedo, no había respuesta lógica que explicara lo que pasaba. Finalmente nos mudamos y quedaron atrás la podredumbre y sus habitantes.

 El sonido aquel, lo he escuchado otras veces en mis siguientes años de incursiones, algunas en compañía otras, como anoche, de nuevo junto a mí en la cama.




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