Cuatro a la mesa



 
  #Suspenso #FinDelMundo 

  Ser invitado a la mesa del capitán es un honor del que pocos llegan a gozar, esta noche no hay servicio en un salón fuertemente adornado para resaltar los valores de la patria. Por suerte tampoco habrá necesidad de un uniforme de gala planchado a pulcritud por un servicio innecesariamente costoso, pequeños lujos que los tenientes nos podemos dar cuando no estamos apostados lejos de todo y “muy cerca de Dios” como suele decir el capellán del batallón. Ese hombre disfruta diciendo a las tropas que Dios está en todos lados. Nunca le he visto disparar, ni recibir una bala… mantendré mis dudas.

 Han encendido una luz atrás del horizonte, alumbra por unos segundos la cima de las montañas aledañas, se disipa en oleadas que van subiendo cada vez más rojas, es… ¿Una aurora boreal roja? En estas latitudes imposible. Debe ser una alucinación por la privación de sueño.

 El centinela llega tarde para hacer el relevo, normalmente lo disciplinaria “in situ” le saldría muy cara su falta, exceso de calor lo salva. La guardia de 4 horas se vuelve insoportable. Hay una especie de estática en el aire, pone los nervios de punta y hace pensar que algo va a suceder en cualquier momento. Nos entrenan para poner atención a todos los detalles, pero esto ya es ridículo. Esperamos algo que ya no está aquí, lo supimos desde el primer instante que aterrizamos. Los campos quemados son bastante claros.
 Me doy una idea del motivo detrás de la invitación a la mesa y los tenientes seguro pensaron lo mismo, a todos nos ha pasado en mayor o menor grado, pero culparía a la falta de sueño, es el quinto día y si los hombres han dormido 4 horas es mucho.

 El cigarrillo del centinela lo delata en la mitad de la noche, fuma harto y al pasar junto a él ni siquiera saluda, aprieto el paso debo ser el último en llegar y yo perdido en un mar de pensamientos estúpidos.  Veinte metros atrás del centinela encuentro una pequeña choza pobremente iluminada por un par de velas que tambalean al aumentar el viento. Tres hombres esperan con expresiones sombrías, ninguno se mueve parecen hipnotizados por la danza de las velas.

 Destrabo la puerta de ramas y vuelve a su sitio tras de mí. Pienso en saludar, se queda en un pensamiento. Ocupo el único lugar disponible, me uno al silencio.
¿Habrá muerto alguien mientras estaba de guardia? O fue mucho peor… ¿Algo en casa?
Demonios, que alguien diga algo.
 De vez en cuando alguno alcanza las tasas y da un pequeño trago.

 La transmisión del radio quiebra el silencio…

-Confirmado... no hay contacto…

El resto del mensaje no se entiende.

¿Los chinos? ¿Rusos o Corea del Norte finalmente lo hizo?


 No importa quien empezó, todos nos jodimos.
             

  Éramos cuatro en la mesa cuando el mundo moderno se fue al carajo.





Entradas más populares de este blog

La sonrisa perdida.

Doce pasos

Cálidas nalgas.