31

                                    

#Cuento #Maldad #Guerra 
 
 El especialista número 31 se acerca, un característico borlote de llantos y gritos es su marcha triunfal, su “cabalgata de las valkirias” si lo prefieren. Majestuoso con sus ojos verdes y sus imponentes 90 kilos de músculos y cicatrices o como dicen que él les llama “recuerdos en la piel” sale de alguna tienda cercana; oscura a la que nadie se acerca por su pintoresca manera de violar, destripar y volver a violar a sus víctimas. Enfermo. He visto a otros hombres perder la cabeza, pero él ya venía chalado. Nadie sabe su nombre, en los reportes solo aparece “especialista 31”.


 Francamente no sé cómo le permiten hacer su voluntad. Es efectivo de lo contrario no estaría aquí.
 Los gritos suenan cada vez más cerca y los hombres uno a uno van recordando que deben estar en otro lugar siguiendo cualquier otra orden que se puedan inventar para estar lejos. Yo también recurriría a una artimaña similar pero hoy no es posible. Necesitamos información antes de que otra fuente confirmada se ahogue en su propia sangre o no despierte del coma al que será enviado.

 Una mirada basta para acallar al sequito de despojos humanos que gimotean a su alrededor, delgados y casi en los huesos, tanto que es difícil saber si son hombres, mujeres, niños o cosas que se limitan a vivir el dolor. El dolor brutal te convierte en un ser atemporal, ajeno al mundo.
 Poseído y embriagado por algo para mi indescifrable actúa; puños que parecen inhumanos caen sobre una complexión delgada, el primer golpe basta para lanzar al cura por los aires de un extremo a otro de la habitación como si estuviese poseído, uno más lo trae de regreso casi al sitio del que partió. La quijada se ha desprendido, cae, ahora será imposible que hable. Los ojos de un hombre asustado buscan compasión por toda la habitación, nunca la encontrará en despojos humanos, mucho menos en su ejecutor y de mi ni hablar… yo lo atrape con los niños…

 La cortina de la habitación – choza se abre y una mano pasa la batería del GP junto con unos cables, desaparece inmediatamente después… hará lo de la batería… Si este hombre supiera que ese cuchillo solo es para cortar la ropa no gritaría por eso, gritaría por lo que le van a clavar. A instantes desvío la mirada, son cosas que no quiero para recordar. Pierdo tiempo buscando un cigarrillo en las bolsas que ya sé no están, otros segundos más tratando de encontrar cerillos.
 Una luz se enciende frente a mi cara, la llama de un encendedor metálico con olor a gasolina me deslumbra.

 -Puedes usar el mío.

Intento disimular la sorpresa, no del fuego sino de la presencia abrumante de aquel ser. Me limito a encender el cigarrillo y regresarle la mirada a esos ojos verdes, puros y transparentes. No hay pupilas dilatadas, ni su aliento apesta ni tiene los dientes amarillos por fumar, sin marcas de jeringas en brazos, pies. Actúa en total sobriedad y eso me aterra.

 Apaga con tal maestría su encendedor y vuelve a lo suyo con la seguridad de un director de orquesta que se he detenido a explicarle a su concertino un movimiento nuevo.


 Al primer martillazo los alaridos se vuelven insoportables, cae el segundo, tercero… No puedo.

Bang.
Desenfundo y le vuelo la tapa de los sesos al pobre bastardo.

 Entonces realmente todo se complicó, el especialista se convierte en un animal, aúlla, se retuerce en una rabia que solo había visto en animales rabiosos. Parte los cuellos en señal de frustración, por ultimo brinca con los brazos abiertos hacia mi…

- ¡Tú me lo quitaste! ... ¡Es mío! … ¡Voy a matarte!

Bang.

 El segundo disparo que sale de mi arma, después siento dolor en la cara, mi nariz sangrar profusamente y después el mayor dolor que he sentido en la vida.

- ¡Vas a morir bastardo! 

 Comienzo a asfixiarme, me tiene del cuello y ninguno de mis golpes surte efecto en su locura.

Bang.
Bang.
Bang.

Todo es negro.

 Dice el parte médico que tarde ocho días en despertar, recuerdo el ardor de volver a respirar y las luces. Clavículas, seis costillas, nariz y brazo rotos. Algunas enfermeras hablan de los 4 hombres que hicieron falta para salvarme y como uno de ellos no lo logro.
El resto se diluye en analgésicos y el paso del tiempo se ha encargado del resto.

Pero esta tarde al ir caminando de la mano con mi esposa por el centro comercial, me tuve que detener, a veces pasa con la humedad, cuesta trabajo respirar y debo sentarme. Miré a mi alrededor y había un Santa Claus con unos ojos verdes que reconocí de inmediato, los niños lo rodean, él juega y sonríe con cada uno de ellos, los escucha como si fuera su amigo… Debo terminar lo que inicie. 




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