Jack Daniel's


  #Desamor #PornoDeAutoayuda #Erotismo 


 Esa noche no pude dormir tratando de idear mil formas de recuperar a mi familia, hazañas temerarias, chantaje y cosas que de solo recordar me provocan una gran aversión hacia mí.
 Llegue a tiempo para alcanzarla a la salida de Metro Copìlco, ella no me vio, sus ojos estaban prendados de él, se reciben con una gran beso y abrazo, las pocas esperanzas que me sostenían se me escaparon, quise contenerlas con lágrimas ¡pero las muy putas se negaron a salir!
 Me quede de pie con la vista nublosa y ardor en el pecho; viendo cómo se alejaban caminando tomados de la mano hasta que los perdí de vista, él gano…

  
  Comienza el abandono, mi cuerpo se mueve por inercia si respiro es porque perdí la voluntad para dejar de hacerlo. Consigo dar un par de pasos hasta que alguien me impacta y me derriba, solo puedo pensar en una estúpida bala perdida con mi nombre escrito por el destino, pero no tengo suerte.

 Ella sonreía como estúpida me enseña todos sus dientes, en el fondo podía sentir su tristeza, era justo como la mía, también tenía los ojos rojos y unas ojeras acentuadas profundamente como canales de labranza.  Comencé a sentir mojado el trasero, porque aterrice de nalgas en un charco fuera de la estación, estos días no he estado muy consciente del mundo, pero tropezar con alguien y no darse cuenta, es como un llamado de atención o lo siguiente será un claxon sonando un momento antes de impactarme.

 Torpe y distraído me levanto, me apeno un poco, le ofrezco la mano para que se levante.
- ¿Estas bien?
 Me pregunta intentando ser simpática, cosa que no le sale bien.
- Si, solo un poco golpeado, ¿tú estás bien?
-Sí.
  Siento la necesidad de hablar con ella no quiero estar solo en este momento, presiento podría entenderme o mejor dicho quisiera que lo hiciera, claro en estos días espero un milagro que me haga recuperar, regresar o mate rápidamente, de arriba, de abajo, del más allá, no importa, solo me mantengo expectante.
Su espejo termino hecho añicos a mis pies, lo tomo entre mis manos con cuidado para no cortarme se lo extiendo.
-Gracias.
   Lo toma con tal rapidez que no me permite soltarlo a tiempo, ardor y en un segundo humedad en la palma de mi mano, un hilillo carmesí gotea, balbucea palabras incompletas, miro mi mano, no veo ningún pedazo incrustado, es un corte profundo y sangra copiosamente, por un momento pienso en dejarme morir desangrado; confines oscuros me esperan, solo, desesperado no podría tener un mejor final.
  Levanto la mirada, encuentro sus ojos nerviosos, su expresión asombrada “trabada”, no sabe qué hacer, hay personas que no toleran la sangre, aprieto el puño y me arde.
-Perdóname.
  Se le nublan los ojos, está a punto de llorar, puedo sentirla, se le quiebra la voz trato de responderle, no puedo, un nudo ocupa mi garganta. La tomo de los ante brazos y le pongo en pie. Mis ojos se nublan, no la distingo, tampoco es que quisiera hacerlo.
  Posa su mano sobre mi hombro, no dice nada, su contacto reconforta mi tristeza, la guio a una banca cercana, no atino a decirle nada, ni ella hace el menor esfuerzo por decir algo, nos mantenemos cerca, pierdo la noción del tiempo, una hora, quizá minutos, roza su codo contra el mío, hasta que esos centímetros que nos dividían desaparecen, todo pasa tan lento.
 El viento sopla anunciando la inminente salida del sol recordándome la realidad, el momento, ¡el maldito lugar! se estremece con el viento, yo también.
Recarga su cabeza sobre mi hombro.
 Un rato después hago lo mismo.
 Ahí permanecemos sentados en compañía del desconocido en turno, está sumergida en sus pensamientos, yo salgo de mi trance intermitentemente, analizando mis errores, teniendo “flashes” que intentan responder mis preguntas.
 La vibración de mi bolsillo me saca de mi estupor, se aparta de mí lo suficiente para que saque el móvil.

 Mi Jefa, preguntando por mi ausencia.

-No iré
  Abruptamente cuelgo y apago el móvil, lo regreso a su lugar en mi bolsillo, bajo la mirada me topo con el gris sucio del suelo, un chicle pegado, basura arrastrada por el viento, mis botas viejas, sus pies guardados por unos tenis rojos. Recarga de nuevo su cabeza sobre mi hombro, la sangre en mi mano se acumula; desde hace un rato es una gruesa costra, a veces me arde como si me incrustaran un clavo.
 Nota que reviso mi mano.
 -Perdón, lo había olvidado… déjame curarte. (Dice mientras se levanta)
 Me levanto como un resorte impulsado por el dolor, cruza su brazo bajo el mío, caminamos muy despacio, tener su cuerpo cerca me caldea los ánimos, extrañamente familiar pero no es ella, demonios ni siquiera se le parece.
  Un claxon nos despierta de nuestro trance, reacciono y estamos justo a la mitad de Av. Universidad, los autos pasan disparados junto a nosotros, encuentro sus ojos sobre los míos, tiene una mirada suicida, que entiendo y comparto. Sonrió y deslizo mi mano sobre su cintura, descanso mi mano ensangrentada sobre su cadera, se aferra a mi brazo con más fuerza que antes seguimos caminando. Lo más espantoso del suicidio es tener que morir solo y ella necesita esa compañía tanto como yo.
 Suenan llantas rechinando, gritos, autos chocando entre sí, subimos la banqueta y en ese momento un auto a toda velocidad pasa detrás de nosotros, levantando el pequeño charco y bañándonos en esa turbulenta agua estancada con residuos de suciedad. Instintivamente guarece mi mano bajo su playera, no hay malicia en su acto, veo su expresión y me contagia ternura, resulta linda.
 En la primera calle damos vuelta, una casa verde con una puerta negra, recordé aquella canción de los “Tigres del Norte” … Y si, su puerta tenía un candado que abrió con maestría, no hizo falta que me soltara.
-Estás en tu casa.
-Gracias.
-Al fondo está el baño, lávate la mano y en un momento te curo.
  Asiento y camino por el pasillo, algunas fotos adornan el corredor, una niña aparece en todas las fotos y siempre tiene la misma expresión, vacía y pensativa como si de una anciana se tratase, encuentro el baño en la primera puerta, abro el grifo, meto mi mano bajo el chorro de agua, arde, dejo que el agua circule. Se abre la puerta a mis espaldas.
 -Déjame ver.

 Toma mi mano con firmeza, me hace pensar que sabe lo que hace, no encuentro objeción alguna que interponer.
-Esta profunda, perdóname (Lo dice tan acongojada).
-No te preocupes, estaré bien.
 E intento sonreírle con convicción, pero últimamente me faltan motivos para hacerlo, el silencio nos invade. 
Pienso en la enorme cicatriz que tendré y la extraña coincidencia de que el corte cruzara por las líneas de la mano.
 Aun no pregunto su nombre, no quiero estar solo, no ahora, no encuentro la excusa indicada para sentir su calor, para mi suerte ella sí.
- ¿Tienes frio?
-Sí, un poco.
- ¿Quieres un café?
-Sí.
  La sigo a través del pasillo a pesar de que estuvimos tan cerca hace poco, no había notado el aroma que desprende, como a “hogar”, al siguiente paso se me nubla la vista, recuerdo que ya no tengo “hogar” me golpeo con una caja a la altura de la rodilla intento detener su caída, resulta contra producente inevitablemente cae y brotan fotos, camisas de hombre, algunas corbatas, un cepillo de dientes azul.
-Perdón (me reclino y comienzo a guardar todo de nuevo en la caja)
 Una mano se posa en mi hombro.
-Déjalo así.
 Subo la vista y nuestros ojos húmedos se encuentran sé que apenas nos distinguimos el uno al otro. Sé que contiene esa caja, porque hay una esperándome.
-Vamos (dice con su voz quebrada)
 La primera puerta de la derecha está abierta, un sofá verde ocupa la mayoría de la habitación, la cortina cerrada da un aspecto deprimente, huele a humedad a encerrado a amores añejos.
 Camina despacio, procura no pisar la ropa que cubre el suelo, enciende una lámpara que no alumbra mucho y crea fantasmas que bailan en las sombras.

 -Siéntate.
 Su voz es un poco más dura, muevo algunas prendas, pero opto por no sentarme, no quisiera mojar su sofá, aguardo de pie y en silencio, bastante tengo en la cabeza para preocuparme por algo más. Vierte agua en un par de tazas, retira algunas cajas y aparece un Horno de microondas como por arte de magia, introduce las 2 tazas juntas.
 Sigo la cuenta regresiva por unos segundos, quedo hipnotizado por su pantalón ceñido como si de una segunda piel se tratase, noté sus nalgas carnosas y bien torneadas debajo del mismo.
 El microondas suena rompiendo el hechizo, se gira de una manera rápida, en un instante avanza los escasos pasos que nos separan, da un pequeño salto, se abraza a mi pecho con tanta fuerza como si quisiera romperme las costillas, entiendo también la abrazo con fuerza. Trastabillo y caemos, el brazo del sillón se me incrusta en la espalda, recibo un golpe fuerte.
 Mis brazos, pierden fuerza, le sirvo para amortiguar el golpe. Se aferra más a mi torso, comienza a faltarme el aliento, pequeñas luces aparecen frente a mis ojos el dolor desaparece.
 Entre abro los ojos para encontrarla a horcajadas sobre mí, percibo su aliento, algo caliente baña mi pecho, su sangre…
 El miedo hace que intente levantarme rápidamente, solo consigo que la cabeza me retumbe y la herida se me abra de nuevo, gira su rostro hacia mi, veo su nariz sangrar copiosamente.
-Me duele.

  Dice y parece no saber qué hacer, pienso que al momento de caer debió chocar su nariz contra mi cabeza. Por experiencia se lo mucho que duele una nariz rota… Con mucho cuidado la muevo, libero mi cuerpo de su peso y trato de ponerme de pie, aún estoy mareado hasta la segunda vez logro incorporarme no sin antes maldecir entre dientes por el dolor de cabeza.
-No te preocupes, déjame revisarte.

 Falta luz en este lugar. Con pasos inseguros y tambaleantes regresamos al baño, enjuaga su nariz con agua, por suerte no está rota, solo fue la fuerza del impacto. La pequeña hemorragia nasal cede después de unos minutos y un poco de papel higiénico colocado cuidadosamente.
- ¿Y tú donde te pegaste?
-En la espalda.
-Date vuelta déjame revisarte. (Me gira a su voluntad, sube mi playera) Tienes un gran moretón.
 Pasa sus dedos sobre mi espalda mi piel responde erizándose.
-Estas mojado.
-Tú también.
  Me giro para mirarla a los ojos, tanto mi playera como la suya están empapadas, sin cruzar palabra alguna comenzamos a sacarnos la ropa uno frente al otro y es raro… es como si lo hubiéramos hecho antes, cientos de veces, “bailando” se quita la última calceta, le doy la mano para que se sostenga, junta toda la ropa y la coge entre sus manos.
-Voy a echarla a la lavadora, no tardo.
  Camina con paso firme, como si tuviera una misión que cumplir y la cumplirá, pase lo que pase. Eso me hace pensar.
 Desnudo con una extraña que también esta desnuda, en un lugar que no conozco, sucio, apestoso…  Abro la regadera hasta que sale agua caliente, el cuarto se llena lentamente de vapor que escapa por la puerta abierta, doy un paso para cerrar la puerta, entonces ella entra sosteniendo un par de toallas en las manos, ni ella esperaba que estuviera ahí ni yo que entrara tan precipitadamente, nuestros cuerpos desnudos hacen contacto. Un poco apenados dejamos el roce, me hago a un lado ella entra y entonces cierro la puerta con cuidado.
 Cuelga las toallas, juega con las llaves aumenta la temperatura del agua.

 -Ven a bañarte.

  Extiende su mano hacia mí, la tomo, no encuentro motivos para no hacerlo. Entre los dos formamos una gruesa capa de mugre sin mencionar el olor que desprendemos.

 -No acapares toda el agua.

Le digo al oído mientras poso mis manos con gentileza sobre su cadera, la muevo detrás de mí.

 - ¡Que malo eres!

 Y me hace cosquillas en la espalda, me retuerzo un poco y se me escapa una risita.

-Hazte para allá.

 Dice en un tono juguetón y siento su cuerpo acercarse al mío, recarga su peso, tengo sueño y me apetece quedarme así un buen rato.

-¿Ya me compartes un poco de agua caliente?
-Sí, perdona.

 Es ella quien me toma de la cintura y me mueve, aprovecho para abrazar su espalda, pongo mis manos sobre su abdomen una sobre otra y ella echa la cabeza hacia atrás apoyándose contra mi hombro, posa sus manos  en las mías y las hace bajar hasta donde inicia su monte de Venus, mueve su cadera un poco hacia adelante, mi pene aprisionado entre sus nalgas resbala y ese roce es todo lo que necesito para tener una erección, regresa la cadera de nuevo hacia atrás, junta un poco las piernas y el contacto entre nuestros sexos se intensifica.
-Puedo sentirlo palpitar.

 Dice con voz picara, no sé si disculparme o bien quedarme callado… veo su cuello vulnerable, le propino un beso a medio cuello y otro justo detrás de su oreja, este último hace que se le escape una risita y mueva todo el cuerpo; su sexo frota al mío, muerdo mis labios para omitir ese gemido, muy tarde… Ha sonado y he movido la cadera un poco más, nuestros sexos se acomodan lo suficiente como para que cualquiera de los dos con un ligero impulso provoque oleadas de placer.
 Inhalo-exhalo y eso basta para comenzar a sentirla lentamente envolverme, presiona con fuerza mis manos que la sostienen por la cadera, otro beso en su cuello y somos uno; un pequeño espasmo recorre mi cuerpo desde la espina dorsal hasta la punta de mi pene, retiene su agitada respiración hasta que no puede más y libera un gran gemido acompañado de un calor proveniente de su sexo. Afloja la presión de sus manos y con cuidado aparta su cadera de mí, siento mi pene salir de ella, cada movimiento supera en intensidad al anterior, lanzo un beso furtivo a sus labios, estos lo reciben con una pequeña sonrisa.
 Cierra el agua, junta todo su pelo y lo exprime con cierta maestría.

- ¿Me pasas una Toalla?

 Asiento y se la doy en la mano.

- ¿Siempre eres tan callado?

No sé qué responderle ¿que se supone que debo decir? ” Que lindas pecas tienes en la espalda, me gustaría inventariarlas”

-Lo siento, es que me pierdo en tus ojos.
- ¿Sabes? No hace falta que me mientas.
-Es lo último que pretendo, solo me cuesta trabajo creer que esto es real… Sé que lo es porque mi mano me duele.
 Es delgada la línea entre Dolor y placer. Baja la cabeza y asiente en un lenguaje mudo, pronto no sé si es agua la que escurre de sus ojos o son lagrimas; Uso la toalla que tengo en las manos con ella.

 -Ven déjame secarte, no quiero que te resfríes.
 Se convierte en mi muñeca de trapo, no hace nada, no dice nada; Mi voluntad dicta cariño, no el del amante. A veces nos corresponde amarlas como pareja, amante, amigo, enamorado e incluso padre.                                                        ¿O es que acaso he hecho de más o de menos?
   
 Hacer lo correcto no es siempre lo correcto, todo depende de quien lo mire y no sé si hago lo correcto para ella, para mí, para el “nosotros” de este momento, hace tiempo deje de ayudar de corazón. En contrapunto esa vocecilla en mi interior dice Cógetela hasta que te deje de doler y desaparécete.
  La envuelvo con cuidado en una toalla, la consuelo con frases que nada tienen que ver con lo que ha pasado “Que bonito lunar tienes aquí” “Tienes los ojos claros, me los regalas están preciosos” Y funciona me responde con una sonrisa. Digo algunas payasadas, le cuento historias de las cicatrices que tengo bien repartidas por todo el cuerpo les mira con detenimiento, incluso pregunta cuánto me dolieron.
Señala con su dedo en mi espalda.
 -Aquí tienes tu moretón.

  Me retuerzo mitad dolor mitad exageración, la toalla que traía alrededor de la cintura me resbala, intento tomarla, pero solo pierdo el equilibrio manoteo y me sostengo de su toalla que también cae al piso.
Entre risas levanta su toalla y me alcanza la mía.

-Eres un caos.
-Tú haces que me ponga nervioso.

 Toca mi nariz con su dedo como si de un botón se tratase, da la vuelta y sale del baño ya en el pasillo me grita “¿te vas a quedar ahí?” Casi de inmediato la alcanzo, regresamos a esa lúgubre sala. De un manotazo tira la ropa al suelo y nos acomodamos despreocupados en el sofá.

-La ropa va a tardar un poco en salir, pero no te preocupes sale casi seca.
-Sí, está bien.
-Podemos ver algo de tv mientras esperamos.

Acto seguido la enciende y Nicolás Cage nos dice “no recuerdo si mi mujer me dejo porque bebía o bebo porque me dejo mi mujer” mientras una prostituta le roba su anillo.

- ¿Te dieron ganas de beber algo o solo soy yo?
-Me dieron ganas.

 Se inclina al otro lado del sofá y mueve algunas cosas

-No la encuentro… Espera.

 Gira y veo como mueve las nalgas de un lado a otro el movimiento me atrapa y excita; se agacha y la toalla se le recorre exponiendo el trasero a mi vista, ni siquiera pienso en reprimir la erección que me provoca.

- ¡Aquí esta! Mira.

Extiende su mano; una botella de Jack Daniel´s recién abierta.

-Se te nota que te gustó la idea…
- ¿App… que te hace pensar eso?
-Es que tienes una sonrisa de oreja a oreja.
-No es por el whiskey, te lo puedo asegurar.
-Ah, ¿entonces me estabas viendo las nalgas?

Intento articular alguna palabra, pero solo tartamudeo.

- ¡Lo sabía! Además, tu amiguito te ha delatado.

Deja la botella sobre mi regazo, se levanta rumbo a la mesa.

-Siéntete libre de mirarme cuanto quieras, de hecho, te agradezco que lo hagas.

 Y sin pudor lo hago; recorro sus talones, hago escala detrás de sus rodillas, doy un par de vueltas por sus piernas, la admiro de “pi” a “pa” ella se gira con unos vasos en las manos, aprovecho para perderme en la abertura que se produce al caminar.
  Se detiene delante de mí, levanto la mirada hasta el momento fija en sus piernas para encontrar sus ojos, fue fácil adivinar lo que quería. Destapo la botella y vierto un poco en los vasos que ella sostiene, me entrega mi vaso y ella se sienta conmigo.
 Doy un largo trago, cruzo mi brazo sobre sus hombros la atraigo hacia mí, permanecemos sentados mirando “Leaving Las Vegas” cada uno con sus recuerdos, de vez en cuando ella dice “sírveme más” rompiendo el mutismo entre nosotros.
 Y aunque haya visto esta película un par de veces antes, es ahora cuando desarrollo empatía por ese borracho y le admiro por decidir morir y hacerlo. El corazón se me encoge y el dolor no pasa por el nudo que atraviesa mi garganta. Finalmente muere y yo bebo el contenido casi lleno del vaso.
 Ella también apura el contenido de su vaso, lo deposita en el suelo y nos abrazamos con las toallas fuera de su lugar, echo la cabeza hacia atrás y siento el efecto soporífero del whiskey, da mil vueltas mi mente y me siento perdido, con un poco de miedo me aferro al sofá y en especial a ella.
 Tambaleante intenta levantarse del sofá no sé porque razón sin embargo no lo logra, regresa de nuevo a su postura.

-¿Me ayudas a levantarme?
-Sí.

 Estiro el brazo para que lo use de apoyo pero ni tengo la fuerza ni ella tiene la coordinación necesaria. Estallamos en carcajadas propias de los borrachos.

-Ya enserio ayúdame a pararme tengo que ir al baño.
-Ok, yo también.
 Me levanto con pesadez y me siento muy alto como parado al pie de un abismo, agito los brazos intentando mantener el equilibrio, ríe y se retuerce.
 Le ofrezco mis manos para que se levante, las toma y se levanta; agita las manos como si tratara de volar, ahora soy yo el que ríe.
 -Deja de reírte, vamos al baño.

 Asiento con la cabeza y ahora ella me sigue por el pasillo. Más bien ella me conduce como un muñeco de trapo.
  Tararea una canción que no conozco con un ritmo lento y animado, llegando a la puerta del baño me gira, empuja la puerta con la cadera y da un paso atrás, soltándome.

-Las chicas van primero.

 Sonríe coqueta y cierra la puerta.

 Escasos segundos después reaparece en la puerta y con un ademan me invita a pasar, avanzo y le regreso una reverencia.
  Ahora soy yo el que la empuja hacia la sala mientras tarareo una canción no aprendida. Se aparta de mí y de un salto felino se acomoda en el sillón, ocupo mi lugar junto a ella, impulsivamente beso su frente y la abrazo.

-Tengo una caja de Jack Daniel´s detrás del sofá, en lugar de hacer el súper compre eso.
 Quiero preguntarle, pero me trago mis dudas, la entiendo.
- Es mucho para ti sola, creo que tendré que ayudarte.

 Ríe y me animo con su risa. Vuelve a llenar los vasos casi hasta el tope, apuramos el contenido de nuestros vasos, su semblante se torna rojo por lo bebido. Le hablo de nada y de todo, ella asiente y cuenta anécdotas graciosas, las toallas dejaron de cubrirnos hace un par de tragos, abandonándonos a nuestra suerte. El pudor se diluyo dejándonos en compañía de la lujuria y la soledad.

 Lleva rato con las piernas cruzadas y yo miro su sexo poblado y siento el deseo invadirme lentamente.

-Me gusta tu vagina.

 Intento retener las palabras, pero escaparon de mi lengua. Lejos de molestarse separa las piernas.

- ¿Crees que es bonita?

 Asiento y acerco mis labios a su sexo para probarlo, masajeo su clítoris con mi lengua, ella respira aceleradamente, arquea la espalda, entierra las uñas en el sofá y en unos minutos entre gemidos me obsequia un orgasmo. Relaja su cuerpo, estira las piernas, juguetea con mi pelo.
 Pero mi lujuria sigue latente… Y retomo las acciones previas con más intensidad, sumando mis dedos hábiles a su placer, no me detiene me aprisiona con sus manos y cierra las piernas alrededor de mi, me estrangula con tanta fuerza y grita y se retuerce, el tacto dulce quedo olvidado, predomina la fuerza y el instinto salvaje.
 Trato de separarme de ella sin embargo no me lo permite, acerca más su sexo a mis labios, mueve las caderas pero tengo más fuerza que ella y en vilo la levanto del sofá, se da cuenta y libera mi cabeza de sus piernas. Soy un animal y como tal no dudo en penetrarla, nada tiene que ver el “amor” en esto, si algún sentimiento está con nosotros es la tristeza, pero no pensamos en ello, el placer de nuestros cuerpos acalla pensamientos y dolores.  Y si eso no basta nuestros gemidos lo hacen, frenéticos nos sacudimos en direcciones diferentes, le tengo impregnada en todo mí ser ¡la aspiro, la saboreo, la penetro!
 Pasamos de una postura a otra sin apartarnos… Es demasiado, el roce de nuestros sexos, comienza a gemir con más intensidad, comprendo que tendrá un orgasmo y muevo más rápido la cadera, segundos después llega la Paz en medio de un clímax que me resulta eterno.

 (En ese instante conocí a uno de los demonios que me atormenta)

 Tumbado sobre su cuerpo, escucho su corazón latir, su sudor y el mío se mezclan en una extraña fragancia que invade la habitación, un par de lágrimas escapan de mis ojos…


  El sueño se apodera de nosotros y nos rendimos a él, abrazo su cintura antes de cerrar los ojos.

 Despierto para encontrarla abrazada con fuerzas a mi, la cabeza me da vueltas, mis sentidos embotados apenas y pueden divisar el reloj, recién amanecía cuando llegamos aquí y ahora esta oscuro. Tampoco tengo otro lugar al que quiera ir.


                              
 Cuando por fin nos levantamos, regresamos a la ducha como una pareja que hace esto todos los días, la besaba en cada oportunidad que encontraba y ella hizo lo mismo, nos unimos tanto sin saber más del otro. Hay quien cree en las “Almas Gemelas” pero lo nuestro no llego al amor, lo nuestro fue “Sexos Gemelos”

  De regreso en la sala, trato de preparar emparedados con la mermelada, pero esta jamás llego al pan, iba de su cuerpo al mio hasta empalagarnos, hasta olvidar.

-Te amo.
- Yo también te amo.

 Eso no fue amor, fueron las ganas que teníamos de escucharlo, que nos lo dijeran y creer que es verdad. Dolidos nos besamos y lágrimas sellaron ese beso. Abrimos otra botella de Jack Daniel´s para brindar sin palabras por el desamor experimentado.

 “Que se valla a la chingada ese pendejo”
 “Que chingue a su madre esa puta”
 Decían nuestros ojos.

  Furiosos buscamos la paz de nuevo en el sexo, claro está que no la encontramos, pero la buscamos como desesperados. Dijimos más falsos “Te amo” por los que ya no podríamos volver a decir. Al amanecer pasamos de la furia a la ternura, todo eran suaves caricias, lindas palabras, gestos tiernos y por fin le vimos el fin a esa segunda botella de whiskey.

  Dormimos hasta entrada la tarde, ella no pidió explicaciones y yo no le dije nada ¿Para qué?
Hablamos del futuro de un “nosotros” que podría existir si nos lo proponíamos. Como buenos extraños no gusto la idea, nos vimos “juntos por siempre”
  Y el terrible final llego a nuestra utopía, no quería apartarme de ella pero tuve que hacerlo, acordamos volver a vernos una semana después en la estación, pensar y decidir si habría un “nosotros” Le dije que la amaba antes de irme, como si con eso se hiciera realidad todo lo sucedido, ella también lo dijo, quizás con la misma esperanza.

  Esa semana que estuvimos separados no hice más que extrañar el tiempo con ella y llorar por ver a mi ex esposa en brazos de otro. Anhelaba volver a verla, lentos y agonizantes transcurrieron los días.

  Por fin el día acordado llego, antes de las 7 de la mañana estaba en aquella banca, esperando, nervioso, las manos me temblaban, el pulso lo tenía agitado, el aire no alcanzaba a llenar mis pulmones, terminé sentándome y poniendo la cabeza entre las rodillas.
 Paso la hora más larga de mi vida y ella no apareció, a las 9 me fui del lugar triste. Todo el camino pensé en que debí haber ido a su casa a buscarla, cuando me di cuenta ya estaba en el trabajo, ese día salí de trabajar hasta las 11 de la noche, no quise molestarla a esa hora.

  A duras penas dormí… Mil veces me latió el corazón antes de tocar a su puerta, sin embargo, lo hice. Nadie apareció. Si estaba, no quiso a abrir la puerta, desanimado me fui, tratando de respetar su elección, aunque no la entendía.

 Tarde otra semana en volver a reunir el valor necesario para buscarla, de nuevo de pie frente a su puerta, toque aquella puerta pero el candado me advirtió que no había nadie dentro, sentado frente a la puerta, fume un cigarrillo impregnado de desesperanza, un Tsuru blanco se detuvo frente a la casa, un hombre con gafas oscuras sale del auto, me mira extrañado, camina con paso lento.

-¿Eras su amigo?

El sujeto de las fotos.

-Bueno, ya no importa….
Pega un moño negro en la puerta y se marcha.


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