El Cabo Hertz.








-…Mi padre bebía y cuando bebía me golpeaba con un tablón que guardaba bajo el cobertizo, las primeras veces lloraba pero él me decía que eso me convertiría en un hombre, nunca lo entendí. Ese mismo miedo lo siento ahora, sobre este barco, es un maldito ataúd flotante y a nadie parece importarle.

-Tranquilícese cabo, pasara lo que tenga que pasar.
-Si mi Sargento.

 El cabo Hertz no queda nada convencido pero no puedo ofrecerle otro tipo de consuelo, no es el único de estos hombres que tiene miedo pero si es el que mas lo demuestra y eso altera la poca calma que hay. Termino de rasurarme, cortándome más veces de lo que pretendía, que difícil es manipular una navaja de afeitar mientras se va en barco.

Las literas son pequeñas y nos las apañamos, la falta de espacio hace que los hombres jueguen y se pongan un tanto melancólicos eso no pasa cuando estamos en tierra, basta con verlos a los ojos, notar esas dudas, esa falta de coraje. Nada que una buena sesión de ejercicios no arregle pero aquí no puedo hacer eso. Es la muerte institucional, poco importa que vean un Teniente la disciplina se afloja, culpa de los oficiales por permitirlo. La comida es repetitiva pero nunca falta, el agua tiene un sabor a metal que se te queda en la boca y hace que todo tenga un sabor extraño. Las últimas noches ha sido un infierno poder dormir, entre las chinches y los sollozos que intentan pasar desapercibidos no logro conciliar el sueño. La espera es lo que hace todo esto más insoportable.

 Entre oficiales se siente un desconcierto, es ya la tercera vez que nos cambian las ordenes, nadie sabe a donde vamos y mucho menos cuando llegaremos. Casi una semana lejos del campo de batalla y comienzo a ponerme nervioso, como si algo me faltara. Esa misma tarde nos reúnen a sargentos y oficiales por igual, la orden es que reforcemos la disciplina a como de lugar, se habla de un amotinamiento y el capitán esta ansioso por poner algunos ejemplos colgados del puente para recordar la cadena de mando. Dispara primero, explica después.  Hacia la noche la primera detonación resuena en el comedor, al parecer uno de los soldados que sirve en la cocina olvido saludar a un suboficial, en menos de 5 minutos su cuerpo pende de una soga colgado del puente, vaya manera de poner un ejemplo.

 El efecto es el opuesto al deseado, ahora todos miran sobre el hombro cuando escuchan un ruido. Como si la locura predominara, doblan la guardia en el polvorín y relevan a algunos guardias, nadie quiere que tengan ideas descabelladas. El cabo Hertz uno de los hombres mas pulcros y disciplinados que tengo el gusto de mandar parece perdido, ausente. Pasa las mañanas en la enfermería, creería que es flojo pero me demostró hace tiempo todo lo contrario, le creo cuando dice que se siente mal. Las ojeras se le marcan como surcos profundos y negros bajo los ojos. Mortecinos diría yo pero el medico de guardia me fulmina con la mirada cuando me atrevo a comentarlo.
  
 Ya ni siquiera lo dejan salir de la enfermería temen que sea algo contagioso, su traslado es prioridad. Un barco de turistas se acercara a nosotros dentro de unos días, probablemente sea el momento en el que lo manden a casa o sea el problema de alguien mas.
  Todo rastro del Cabo Hertz es borrado, le asignan una nueva historia y se aseguran que se apegue a ella, sabrá Dios que le han prometido, parece tranquilo. El barco se desvía hacia la bahía de Panamá y un civil cambia de barco.

  
La orden finalmente llega  y parece tener sentido, todos corren a sus puestos y en la noche comienza el desembarco en una isla desierta olvidada de la mano de Dios. Muchos tienen en la mirada la certeza que el desembarcar encontrara su muerte, algunos la aceptan con más facilidad que otros.
 La sorpresa es otra, al llegar a la playa encontramos a la patrulla de avanzada sin ninguna novedad, el enemigo dejo la isla, unos días antes. Centro América es un caos y nuestro ejército viene a darle un poco de sentido.

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