Tú ibas en ese auto.




  Siempre era yo el que mejor manejaba mas si estábamos “enfiestados” tenia la suerte de pasar delante de retenes policíacos, incluso hablar con ellos y continuar mi camino. Tiempos aquellos. Aquella noche la sentí distinta; una voz en mi interior me pedía no salir pero ya había realizado promesas y mi palabra es mi ley, muy caballero de solamnia si gustan.
 Con la determinación de una piedra salimos, fuimos de casa en casa recogiendo amistades, aventuras y agregando historias conforme avanzábamos. Una noche cualquiera que repetíamos en la medida de lo posible. Sarcasmos y algunas risas por comentarios punzo-hirientes inundan la atmósfera y nos hace entrar en ambiente, el saber que cosas han cambiado pero que las amistades continúan muy a pesar de los malentendidos. Pudimos perdonarnos chingaderas y media hasta conocer nuestros limites, hasta definirnos como lo que ahora somos; un desmadre revuelto.  

 El auto que manejo no es mío, solo soy un pasajero mas pero uno que maneja… conductor resignado, no para nada. Cabria esperar que el dueño va del lado del copiloto cómodamente  y sonriente sin embargo prefiere sentarse detrás, ir bebiendo, jugando a los roces inocentes cargados de lujuria. Ese lugar lo ocupas tú.  Bella y sonriente, te pusiste la falda ligera de color azul que me hacia perder la cabeza y lo sabes bastante bien, el algún momento de cruda sinceridad te lo dije. La falda alcanza a cubrirte las rodillas pálidas y un poco raspadas pero eso no te importa, nunca lo ha hecho y seguramente nunca lo hará, una de las pequeñas cosas que puedo adorar de vos. Pero lo sabias. Las faldas me hacen perder la cabeza y la fuerza de voluntad. Te la pusiste.

 Las bromas y comentarios de un nosotros se hacen presentes, nunca antes se habían atrevido a hacerlas pero ahora es distinto, somos los mismos pero con miradas y acciones que delatan otra cosa un algo que quien lo ve podría pensar en “futuro”.
 Me sudan las manos pero de inmediato lo descarto, acallo esa voz en mi cabeza que trata de advertirme, aumento un tanto mi precaución, bajo la velocidad hasta 60 a pesar de que no hay auto alguno a la vista. Sin problemas llegamos a nuestro destino, un bar con buena música y que hemos ido convirtiendo en nuestro hogar. Ocupamos la mesa de siempre, frente al escenario, el vocalista de la banda nos ve y sonríe, conoce exactamente las canciones que le vamos a pedir y creo que las disfruta tanto como nosotros. Es un maestro de la teatralidad, siempre pide que apaguen las luces antes de comenzar a tocar esta noche no es la excepción “Uuuh, stop…” dice y mi piel se eriza cada vez que canta “Where is my mind?” De los Pixies. Por segunda vez en mi vida una chica especial se levanta de la mesa para invitarme a moverme un poco, nunca antes lo había echo, mas porque conoce a la perfección la historia de tras de aquel Where is my mind? Parece no importarle, parece que trata de arreglar un error cometido por alguien mas. Al ritmo decadente e improvisado que da la música se contonea y yo con ella. Más que nuestros cuerpos se mueven nuestras almas resonando al mismo ritmo.

 Tan pronto termina la canción y volvemos un poco apenados a nuestros asientos, nadie dice nada, un silencio incomodo prevalece como si todos esperaran que anunciáramos algo pero no pasa, después de unos minutos que parecen larguisimas horas una mesera aparece por fin con la primera ronda de cervezas que pedimos, esto rompe el silencio y el desmadre continua hasta entrada la noche.
 No hace tanto que nos vimos unos dos meses a lo mucho pero no tardamos en ponernos al día con las nuevas y algunas malas noticias. Siempre procure no estar sentado a su lado pero de nuevo esa inquietud me invade y busco desesperadamente la manera de estar a su lado, es mas que una inquietud es una necesidad, como si el vació de mis brazos estuviera mal y ella fuera la pieza faltante en este rompecabezas que atino a llamar vida. Sin embargo no termino de animarme. La miro con cierto grado de insistencia pero solo eso. Cobarde de mi parte.

   La cerveza pronto me harta pero me niego a pedir otra cosa, se que la tienen; aquella botella de Jack Daniel’s bajo la barra que a veces comparten conmigo, por simpatía, amistad o la pequeña terapia que me avente con el dueño del lugar. En parte por eso estamos aquí, pagamos la mitad de la cuenta.

 Miro el reloj con demasiada preocupación como si tratara de estar en otro lugar, no entiendo porque pero parece que el tiempo se escurre veloz entre mis dedos y no quiero que esta noche termine, no hay prisa bien podríamos continuar en alguna casa, lo hemos hecho antes. Inquieto al final de cuentas. La una y en un parpadeo las tres de la madrugada, ninguno quiere continuar, casi todos tenemos ocupaciones que atender por la mañana. Con paso un poco inseguro me levanto y voy a la caja para liquidar nuestra cuenta. No me doy cuenta del momento en  el que te levantas esperas el momento en que estoy distraído para acercarte por mi espalda y abrazarme. Lo primero que te delata es tu aroma, inconfundible y delicioso, dudo en voltearme y no lo hago, hasta que cedes y vuelves a tu lugar. Regreso a las mesas que ocupamos y sin hacer hincapié en lo anterior nos vamos.  

 Estoy bien, pienso para mis adentros, no hay mareo, ni ninguna señal de aturdimiento y entonces lo sé a la perfección, estoy embriagado de sentimientos.
 Tarareo una canción mitad Sex pistols mitad Gardel y voy inventándome la letra por el camino. Giro a buscarte con la mirad a acariciarte con ella. La noche ha terminado y debemos volver, quizás la siguiente oportunidad me apriete fuerte los pantalones y te robe un beso y luego el corazón. Sonrío para todos, soy feliz. Un subidón de felicidad me hace hundir ligeramente el acelerador, tomamos velocidad, alcanzamos el único semáforo de nuestro camino. 

“La música y el vino iluminan mi camino”
                                                      
                                                          “Salimos disparados a encontrar nuestro destino”

                                                      (La Lupita / Hasta morir)

 Miro bien a ambos lados antes de cruzar o eso pensé hacer…

 Aquel auto tampoco nos vio venir, apenas reaccionó para hacer sonar el claxon, segundos antes de que vea sus luces dar de lleno en mi puerta. Siento el impacto tan fuerte y mi cuerpo tan frágil comienza a hacerse pedazos ante semejante fuerza. El auto da una voltereta y cae con un estrepitoso ruido.







Sol de media noche (Epilogo)

Jamás despertó del coma; de todos los ocupantes de aquel coche solo él se sumergió en un sueño eterno. Al principio sus amigos fueron a visitarlo pero ella se quedo hasta el último momento.


                             

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