Limbo.





  Intento recordar que año es, estimo que tendría 17 quizás 18 años  pero la fecha exacta no viene a mi; seguramente un fin de semana de esos que me abundaban. La ruta la hemos perdido algunos kilómetros atrás al frente tenemos un barranco cuyo fondo no alcanzo a percibir y mi mapa no muestra nada de esta geografía, temo que estemos tan lejos de nuestro destino que poco importe leer las estrellas… Mas sin embargo guardo mis preocupaciones para mi, deshacer el camino nos llevaría 4 horas  la gran diferencia es que cuando subimos aun era de día. El problema de seguir a un pendejo, creen que lo saben todo. No quiero, es arriesgado pero soy el único con la experiencia y la agilidad necesaria para escalar los 30 metros de pared que tenemos a un costado, amarrar la  soga que traemos y salir de este problema. Comienzo el ascenso; tres puntos seguros antes de avanzar, revisando que ninguno ceda ante mi peso, los minutos transcurren lentos, cada metro avanzado es un dolor constante a mis hombros, espalda, bíceps, tríceps, piernas… Esta ahí, casi puedo sentir la brisa de la cima, pero no contaba con la piedra lisa que abarca los últimos 2 metros, desde abajo no se ve. Busco con la mirada otro punto de apoyo  y no encuentro nada, tener el cuerpo estirado comienza a ser muy cansado, por unos instantes considero el dejarme caer, que el destino haga lo que tenga que hacer, mis brazos ya no pueden más. Aflojo un poco la tensión; mi mente retoma el control. “Recordar el entrenamiento te puede salvar la vida” me repito una y otra vez, finalmente diviso un punto de apoyo, lejano y apenas unos centímetros suficientes para clavar los dedos y de inmediato buscar otro. Nadie va a subir por mí, eso lo sé y es mas fácil subir que bajar, todo se resume a morir o seguir. Hago eso que tantas veces me dijeron que no hiciera… Tomo un impulso, fuerzo mis músculos cansados y salto estirándome lo más que puedo, pensar en dios habría sido una respuesta humana, mi pensamiento es otro “futuro” el viento, destino o simple casualidad me hacen alcanzar ese milagroso punto y asirme. En ese momento levanto la vista para buscar mi seguridad, un arbusto, una roca que no haya visto pero en su lugar la encuentro parada ahí, al borde, esperando a que cometa un pequeño error… La piel se me eriza, sé muy bien quien es pero tendré que decepcionarla mi decisión prevalecerá. Son curiosas las cosas que piensas cuando estas suspendido a 30 metros del suelo sin seguridad alguna y las jugarretas que te hace la mente son peores. Cargando mi destino con unos brazos cansados alcanzo la cima, un milagro si gustan. Soga afianzada, espalda recargada contra un árbol; a salvo.







   Aquellos malditos días que de solo recordar me da terror, bebía para dormir y para dejar de llorar, sobra decir que nunca funciono… Una piltrafa humana que solo podía estar de pie por cortos periodos, los que me conocieron pensaron que me había convertido en un fantasma, ni siquiera la sombra de lo que alguna vez fui…  Sin embargo era un caos funcional, nunca deje de cumplir con mis obligaciones, tantas veces trague lágrimas, busque amor en donde existía el vació y la indiferencia, lo que es la delgada línea entre agarrarse a un recuerdo o morir… Pero cuando los recuerdos se diluyen ¿Qué?
Quisiera culpar a la falta de sueño, al hastió, la depresión, ¡la puta tristeza! Pero somos la medida exacta de lo que tenemos, la suma perfecta de nuestros errores. Y mi error tuvo nombre, apellido, fecha de caducidad y una muerte anunciada.
24 hrs. Trabajando fue el acabose, me ahogue en oscuridad, el juicio se me nublo… Salí, apenas las 8:30 de un sábado cualquiera, un día mas, nada extraordinario. Tome eje 6 libre de transito y acelere, la aguja marcaba 90 luego 120, 140, 160, escuche cláxones sonando a mi alrededor y espere impaciente el impacto, ese que llegara a terminar con mi falta de valor, un minuto habrá pasado y yo me prepare, avante a mi pseudo destino, sigo sin saber como logre abrir los ojos verla entre las lagrimas, reconocer su forma darme cuenta. No, no y ¡No! Así no. Últimos momentos, apenas lo suficiente como para esquivar el camión que tenia enfrente, donde habría encontrado el fin; aquella vez no hubo fin, solo deje de conducir por 4 años.     


 Despierto de esa pesadilla muy agitado, una mano femenina sobre mi pecho me recuerda donde estoy, eso basta para olvidar los recuerdos que vienen como sueños.
 Ni siquiera en sueños querida, ni siquiera en sueños.    



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