El día que maté a Dios.

       


  Jamás he recurrido a él no importa que tan alta me llegue el agua al cuello o la nariz; mejor aprendí a nadar. Pero ahí estaba, de pie tragándome el orgullo y optando por una posición más sumisa la del que sabe que necesita ayuda. Es áspero el nudo que dejo pasar por mi garganta para iniciar una petición, sin embargo el permanece parado ahí, indiferente.

 Su rostro no refleja ninguna emoción, no es humano aunque lo parezca ni tiene sentimiento alguno, vagamente me presta algo de atención. Es muy probable que esa actitud me la haya ganado. Andar con devaneos nunca ha sido lo mío. Continúo con mi petición y sigo encontrando un muro que no escucha.
 La desesperación se apodera de mí, parece que el lenguaje que hablo no es entendido o solo soy ignorado. Frustrante en verdad. Los largos silencios esperando una respuesta desesperan más, permanece estático, inmovible como una estatua, dudo que sea real, avanzo ese paso que nos separa, quizás mi presencia lo haga reaccionar, parpadear, respirar ¡O algo que me indique que esta ahí!

 Temeroso avanzo mi mano para tocarlo, descartar que sea un vil espejismo o un maniático vestido de blanco, con cada músculo esculpido a la perfección. Su altura se impone, debo levantar la cabeza para poder verle el rostro, frió e imperturbable. Siento la necesidad de ser escuchado y no dudo en levantar la voz para repetir lo dicho antes. Pasa exactamente lo mismo que antes; NADA.

 Aquella desesperación se ve reducida con cada palabra pronunciada en cambio es remplazada por un calor en el pecho; levanto mi mano para tocar su hombro y mis palabras mudas siguen sin ser escuchadas, ejerzo un poco de presión contra ese musculoso hombro, empujo, sacudo, hablo mas fuerte.

 Con menos temor que antes me planto frente a él; impacto mis dos manos sobre su pecho, este da un paso atrás pero no dice nada. Ira. Coraje. Dios no reacciona, sigue ausente, lejos.  
 Entonces hago lo impensable, lanzo mis puños contra su cuerpo, su estomago, su pecho, pateo sus rodillas y se dobla, lo suficiente como para que lo pueda tomar de la cabeza e impactarle mi rodilla en el rostro, resulta. Se desploma hacia atrás y no hace mueca alguna, ni siquiera su respiración se agita, si siente dolor tampoco lo expresa. Esto me enfurece toda vía más. Ni por un segundo dudo en continuar con lo que inicie, de nuevo mis puños son lanzados con fuerza – violencia, golpean su rostro, no se defiende, eso me cabrea.

 Pierdo toda noción del tiempo pero no me detengo, sigo lanzando mis puños contra una masa sanguinolenta hasta que ya no se si es su sangre la que me envuelve o es la de mis puños heridos, con mucho trabajo me levante, él no.

 Eran las primeras horas de un lunes cuando mate a Dios.









 Tomenlo como quieran, un sueño un tormento...

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