Gabriela (Cap. 3)



Hijoles... Se me fueron las letras y estan muy subidas de tono. AGUAS.

 Ella sigue recostada boca abajo, me mira; me recorre, cada cicatriz, cada musculo, lunares, marcas de sol… tatuajes de la vida sobre el cuerpo, recuerdos de aventuras en tierras lejanas. Nunca se lo dije pero esa cicatriz en mi costado derecho es por un navajazo que me hicieron defendiendo a gente que resulto no valer la pena, el único diente chueco que casi me tiran por una patada en un combate, llevo días teniendo pequeños flashazos con recuerdos de personas que no veo a mi lado, de una mujer que dice amarme pero cuyo nombre ni siquiera logro recordar solo su rostro medio borroso y una impresión, una triste impresión. Es impresionante la velocidad del pensamiento, miles de pensamientos en apenas un parpadeo.
 
 Retomo su cuerpo con mis manos, descubro cada parte; tiene pecas repartidas por toda la espalda, diminutas y hay que acercarse mucho para verlas, son de un tono café claro, me apetece tomar un plumón y unir todos los puntos, encontrar un patrón, quizás mi nombre salga escrito en ellas, quizás sean varias constelaciones y me cuenten su historia a través de dibujos. Sin embargo prevalece el idioma mudo de dos cuerpos a punto de vibrar a la misma frecuencia.

 La excitación es innegable (al menos de mi parte) pero dudo en poner una mano sobre ella, la ame o mínimo fingí cortésmente… No lo sé. La brújula moral ha estado perdida estos días pasados, dudas quien eres y el resto de verdades se desmoronan una tras otra, como si de un castillo de arena se tratase, tampoco es que quiera mentirme con medias tintas, algo me dice que no son lo mío y me hago caso, escucho más que a mis demonios, a mi instinto.  El gran problema que encuentro en este momento es que mis sentidos están invadidos y apremiados por un deseo… poseerla; encontrar lo divino, justo entre sus muslos, besar, lamer, morder ¡Follar! al estilo más salvaje y desenfrenado. Ante la duda ¡eyacula!

 Viéndola ahí tendida boca abajo desnuda e invitante, dejo de contenerme y en un respiro la volteo sin ningún esfuerzo, sus 60 kilos no son nada para los más de 80 míos… invado su sexo con mi boca antes de que pueda protestar o hacer algo para evitarlo. Separo sus piernas con un gesto que procura ser firme sin llegar a lastimar, se resiste un poco pero al final cede, la humedad y calor no tardan en hacerse presentes, acelera su respiración, aprovecho esta señal para intensificar los movimientos de mi lengua sobre su clítoris intercalando movimientos rápidos y precisos con algunos lentos que parecen bajar la intensidad un poco.


  Tomo un respiro después de saborearla, subo la mirada y la encuentro sudando, sonrojada y lista para lo que sea que siga, todo dicho en un gesto disimulado de aprobación y deseo.  Entonces no dudo en sujetarla por los tobillos, cerrar sus piernas hasta ahora abiertas, sudorosas… tenía razón, el mejor lugar para descansarlas son mis hombros. Un pene pulsante me recuerda que no me distraiga de mi labor, conoceremos a Dios o ¡El nos conocerá a nosotros!  Lo tomo por la base y lo froto un poco contra aquella vagina rizada y jugosa; deslizo algunos centímetros dentro de ella y puedo sentir cada una de sus palpitaciones por muy pequeñas que sean las siento aprisionarme, devorarme, tenso las piernas, la cadera y el abdomen, retrocedo lo suficiente para ganar un poco de impulso, busco su mirada, la tengo en mi, separo un poco sus piernas para que pueda ver lo mismo que yo, la sangre le hierve y está ahora mucho más sonrojada, me excita verla. Un instante después esos centímetros que nos separaban desaparecen dentro de ella y libera un gran gemido mitad dolor mitad placer, su espalda se arquea, sus manos buscan las mías y las sujetan con fuerza, segundos después un gran espasmo se apodera de ella y luego de mi, nuestros sexos inmóviles comienzan a sentir el cosquilleo divino precedente a un intenso orgasmo, su ya de por si estrecha vagina me sostiene con fuerza como si no me quisiera dejar ir jamás, la escucho gemir, la siento vibrar envolviéndome, el corazón se me acelera como si tratara de escapar de mi pecho para ocupar otro lugar, lejano y pacifico. Me exprime hasta que una eyaculación da una paz momentánea, seguida por más espasmos y gemidos que seguro despertaran a los vecinos de todo el edificio.
  Esperamos pacientes a que vengan a quejarse pero eso no pasa, el silencio se acentúa como si de una funeraria se tratase, nada se atreve a hacer ruido, tenemos como música de fondo nuestras respiraciones agitadas que lentamente regresan a un ritmo tranquilo.

 No tengo ganas de abrazarla y decirle lindas palabras, muero de calor. Después de unos minutos resuelvo levantarme de la cama y abrir la venta; tengo un problema con los lugares cerrados, no es que me aterren es solo que necesito sentir el viento, producto de lo que fue años enteros de mi vida durmiendo bajo las estrellas cada fin de semana, mirarla las estrellas, sentir el frio del roció nocturno, estar en paz contigo.
 Eso es algo que no he tenido desde que desperté aquella mañana.

 Gabriela se mantiene callada, mira un punto distante en el horizonte de la ventana, me pregunto miles de cosas pero no me animo a decirle nada (Cobarde). Sé que hace tiempo ella lo fue todo para mí y creo que viceversa o simplemente fui muy hábil en palabras y la seduje a tal punto que sintió no podría vivir sin un “nosotros” en su futuro.

 No creo haber sido tan patán pero justo ahora no la amo, esa es la realidad.
 Por esta noche la abrazare sin decirle nada, dormirá en mis brazos y al amanecer volveré a ser el extraño que vive con ella pero que no duda en hacerle el amor.
 Dudas que resolver, cosas que aclarar, nuevas verdades que anunciar.
En fin…
Supongo que habrá tiempo para eso.


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