Memorias, Memorias.



   -Vete, ahora que puedes.
 
 Le dije, mientras mis manos ocupaban lentamente su cintura, bien sabía lo que estaba a punto de pasar; dos cuerpos que hace tiempo se frecuentaron y la memoria es la memoria… Disimuladamente una mano subió hasta su seno y lo rozo. No tenia hacia donde retroceder estaba aprisionada entre una erección y la pared.
  El silencio se prolonga unos minutos no atina que decir, esos minutos me bastan para recobrar la postura “estamos en un lugar público” me repito una y otra vez como si de un mantra se tratara, extrañamente funciona, vuelvo a ser dueño de mis acciones, logro dar un paso hacia atrás, dándole espacio para respirar tranquilamente. Una mirada a sus ojos revelan unas pupilas dilatadas, encuentro sus gestos sensuales y provocativos, eso me basta para volver a ser el animal de hace unos minutos. Trato de mantenerme bajo control pero este se niega a venir a mí, cedo ante el impulso y descaradamente apoyo mi pene contra su cuerpo, mis manos en lugar de ocupar su cintura la toman del cuello para acercarla a mis labios, recorro este con besos.
 
 Sé que dijo algo, no lo escuche bien o simplemente no me importo en ese momento…

  En todo el pasillo resuenan al unisonó gemidos y algunos gritos disimulados entre almohadas, propios de las batallas libradas a escasos metros de por donde pasamos caminando, me sujeta la mano con fuerza pero la premura que me hace avanzar más velozmente es otra, es un laberinto mal numerado y escasamente señalado, pienso en quejarme pero en seguida desecho tal pensamiento, encontramos la 22 C  abro la puerta y ella entra con cierta pena a la habitación.
  
 Busca el interruptor de la luz pero mis manos se adueñan de sus senos, remueven su blusa y  sostén, hacen el tan anhelado contacto piel con piel. Suelta un gemido y este me advierte de bajarle a mi rudeza.
  Tentando la pared logro sentir el apagador y enciendo la luz, esta revela una triste habitación, testigo mudo de miles de batallas al son de la lujuria.  Incluso siento a la muerte asechando detrás de la pared, lista para lo que sea un escalofrió sube por mi espalda y se disipa en la punta de mis dedos, olvido por unos segundos lo que hago en este sitio.
 
 Su mano me toma fuertemente del pene y me atrae hacia ella, entonces noto que ya no lleva nada sobre la cintura y es hermoso, su tez blanca resalta la perfección sobre sus pezones rosados como si de una pintura del mismo Dalí se tratase. No puedo hacer más que deleitarme ante semejante escena.
  
 Una ligera presión me avisa de volver a la realidad, es el pinchazo de una enfermera sobre mi brazo, es la inyección con “no sé qué” y me da sueño, trato de mantener los ojos abiertos el mayor tiempo posible, alcanzo a ver como ajusta las correas de mis brazos y piernas para luego salir de la habitación, el sueño me gana…


Memorias, Memorias.


 

Entradas más populares de este blog

La sonrisa perdida.

Doce pasos

Cálidas nalgas.